Libardo Berdugo Tordecilla

Libardo Berdugo Tordecilla es economista egresado de la Universidad del Norte (Barranquilla-Colombia).

lunes, 25 de octubre de 2010

Reglas y desarrollo

Institucionalidad global

Los economistas institucionales argumentan que las sociedades más desarrolladas son aquellas que han logrado forjar durante su proceso histórico – después de haber superado múltiples conflictos – instituciones (conjuntos de reglas de juego) más fuertes que no se oponen al cambio o al desarrollo (a la innovación e invención).

Obviamente las reglas demandan de un cumplimiento efectivo para evitar las medidas de castigo establecidas. Precisamente, las sociedades desarrolladas han logrado su éxito gracias a que las reglas y sus  medidas de castigo están más socializadas y son, por ende, temidas. Además, los actores encargados de ejecutarlas o darles cumplimiento son difíciles de corromper (intente sobornar a un policía de tránsito en Norteamérica…). Por eso en estos lugares hay más confianza en que todo tipo de acuerdo o contrato va a ser respetado y que por lo tanto se pueda emprender con mayor facilidad y tranquilidad.

Ahora bien, ¿las medidas de coerción socializadas y temidas son por si solas suficientes para alcanzar el desarrollo? Se podría decir que en Norteamérica, Europa occidental, Japón, y Oceanía abonaron el camino. No obstante, ¿Qué se podría decir de ciertos países árabes? (en donde por ejemplo el que roba puede  perder la mano literalmente hablando).

La diferencia acá es más que todo estructural pues no depende tanto de los castigos socializados sino más bien del manto en que se envuelven sus instituciones. Estos últimos manejan instituciones más ceremoniales –marcadas por el fanatismo religioso- que son más reacias a todo tipo de cambio, cohíben muchísimo más a su población, y dan lugar a que haya mayor concentración de poder en pocas manos, las cuales se preocupan más por su bienestar individual.

Colombia, y la mayoría de países latinoamericanos, guardan una mayor similitud con la cultura occidental aunque todavía hay arraigado cierto ceremonialismo en sus instituciones. En su concepción, este ceremonialismo es muy diferente al de la cultura árabe, pues mientras allá  las instituciones promueven exagerados castigos, acá tienden a limitarlos. Solo se parecen en el hecho de favorecer la concentración de poder en grupos que legislan y a la larga mandan a su conveniencia.

Estas características conllevan a que se configure en el contexto latinoamericano, un ambiente de debilidad institucional (creado por grupos interesados en mantener su posición privilegiada) que incentiva a un mayor incumplimiento de las reglas dentro del común de la sociedad. Por lo tanto, la confianza en los acuerdos, necesaria para impulsar el emprendimiento, se encuentra deteriorada.

Contexto latinoamericano

En nuestro contexto existen numerosas leyes que imponen las reglas a seguir y los castigos por su incumplimiento. Si estas legislaciones (las cuales constantemente se están reformando) se cumplieran a cabalidad, tendríamos las sociedades más avanzadas del mundo. Sin embargo, se puede decir sin temor a equivocarse, que no hay un pleno conocimiento de estas medidas.

El problema se agrava en la medida que la mayoría de estas leyes son débiles en sus castigos –por el ceremonialismo y la presión de ciertos grupos de poder- y los actores encargados de darles mandato son fáciles de sobornar. Así pues, la gente que conoce las leyes tiene la facultad de actuar de manera oportunista aprovechándose de su debilidad, mientras quienes no las conocen actúan sin temor alguno a sabiendas de que en caso verse en riesgo pueden intentar corromper a la autoridad.

Y es que de una u otra forma, el riesgo por cometer un delito es manejable. Por ejemplo, un corrupto; si le va bien se lleva la gran cantidad de dinero que robó, si le va mal, devuelve una parte de ese dinero, toma otra para contratarse un buen abogado y comprar, si es posible, al juez, y esconde el monto restante para asegurar el futuro de su familia. El resultado es una pena que ante los ojos de mundo es ridícula y que puede disminuir en la medida que el condenado tenga un buen comportamiento (pocos años de cárcel o, peor aún, casa por cárcel).  

Es por eso que un político toma la decisión de robar, o una persona toma la decisión de cometer un delito: sabe que dentro de los escenarios posibles, la probabilidad de salir bien librado es alta. En sociedades más avanzadas, esta probabilidad es mucho más baja.

Por ejemplo, hace poco vi en las noticias que un hombre que había asesinado a su esposa y descuartizado su cuerpo para desaparecerla tuvo una pena de 20 años de cárcel por haber confesado el delito. Por supuesto la familia de la víctima quedó indignada – puedes asesinar a alguien y la ley te favorece-. En una sociedad desarrollada, el haber confesado este delito le hubiese también traído beneficios: la pena le baja de tres a dos cadenas perpetuas, o le cambian la pena de silla eléctrica a inyección letal. (Aclaro, no estoy de acuerdo con la pena de muerte)

Medidas ejemplarizantes para el resto de la sociedad pues el hecho que tenga tres o una cadena perpetua es a la larga lo mismo: nunca va a salir de prisión. El mensaje es: haz algo semejante y mira lo que te puede pasar.

En realidad son muchos los ejemplos que permiten marcar la diferencia entre culturas. Enumerarlos a todos me llevaría toda una cartilla... 

No obstante, lo que quiero dar a entender es que es necesario mejorar las leyes, imponiendo en ellas castigos más fuertes, y además depurar con meritocracia los actores encargados de darle mandato. Obviamente, como se ha dicho a lo largo de este escrito, para llegar a este punto es necesario dejar de lado el ceremonialismo que prevalece el interés individual.

Con esto se lograría establecer un marco de confianza, de respeto por los acuerdos, contratos y recursos públicos.

Por otra parte, la educación juega un rol importante para afianzar este proceso de cambio pues no todo se tiene que hacer mediante la cultura del miedo. La enseñanza que apunte a lograr que cada persona cumpla las reglas primero por convicción, pensando en el daño que se hace a sí mismo y a la sociedad presente y futura, es el complemento necesario de toda medida restrictiva.