A lo largo de la historia, el desarrollo tecnológico ha sido el motor del crecimiento económico. En la medida que se mejoran los procesos productivos – haciéndose más eficaces y eficientes -, y se introducen nuevos bienes y servicios que facilitan la vida de la humanidad, se genera un mayor nivel de bienestar.
La rueda, la máquina de vapor, y el computador han sido los ejemplos centrales de lo expresado anteriormente, pues a partir de ellos se derivaron, a tasa acelerada, un mayor número de innovaciones e inventos en varios campos.
La ciencia económica ha tocado el tema del desarrollo tecnológico en diversos modelos de crecimiento económico. Lo relacionan con la incidencia del factor de capital humano - interactuando con el factor de capital físico - en el proceso productivo: una persona con mayores conocimientos es más eficiente usando la maquinaria y puede aportar para transformar esta última para que sea más productiva.
En cuanto al proceso de desarrollo tecnológico en sí, Schumpeter hablaba de dos etapas: 1. La Innovación y 2. La Invención. En términos sencillos, la primera etapa es cuando se pasa de un punto “A” a un punto “B”, y la segunda etapa es cuando la sociedad acepta y apropia este punto “B”. Obviamente pasar de “A” a “B” requiere que no haya limitaciones para acceder al conocimiento actual. Es decir, se tiene que conocer muy bien todo en torno de “A” y las innovaciones en otros campos científicos relacionados, para poder trabajar y pasar al punto “B”.
Para que este proceso siga su curso en su totalidad es necesario que haya campo para la competencia y estímulo a la iniciativa individual. La competencia conlleva a que una parte busque hacer mejor las cosas que otro. Por tal motivo una firma, en su afán de sobrevivir o no quedarse rezagada, procura constantemente generar mejores procesos y ofrecer mejores productos que su rival en el mercado. Por otra parte existe estímulo a la iniciativa individual cuando la persona o centro de investigación tiene la confianza en que su trabajo le generará una buena utilidad a futuro (por conceptos de derecho de autor o como satisfacción por el aporte al bienestar de la sociedad). Para que exista este nivel de confianza es necesario que en el territorio haya un canal que permita que la innovación patentada llegue fácilmente a manos de la sociedad y así pueda ser apropiada por la misma.
Es en estos dos puntos en donde la mayoría de los países latinoamericanos se encuentran mal parados. En primer lugar, el mismo Estado restringe la competencia: ya sea o porque entrega demasiados beneficios a los gremios empresariales para ayudarlos a mantener su posición dominante en el mercado local; o porque busca acaparar la mayoría de los medios de producción. Por eso, la tasa de innovación es lenta, desperdiciando a ingenieros, tecnólogos y técnicos que con mucho esfuerzo terminan sus estudios y pueden llegar a aportar para acelerar el proceso.
En segundo lugar, no existe estímulo a la iniciativa individual. Muestra puntual de esto son los reducidos porcentajes de inversión en ciencia y tecnología dentro de los PIB. De este modo, no hay confianza en que un esfuerzo de años de investigación tenga los réditos esperados a futuro (En Estados Unidos, por ejemplo, entregan millonarios premios a aquellos que aporten inventos en campos determinados). El canal necesario para que la innovación pase a invención está muy obstaculizado. Por todo esto es que el número de patentes otorgadas en nuestros países es muy inferior al de los países desarrollados.
Así pues, identificadas las falencias, es necesario que nuestros Estados entiendan su importante rol en la generación de escenarios propicios para el desarrollo económico. Por ende, el garantizar espacios para una buena competencia y para el estímulo de la iniciativa individual se convierte en un ingrediente fundamental para alcanzar dicho propósito.
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